HAMBRE

Hace cuarenta años participé en una marcha en mi ciudad, organizada por el grupo de misiones del jesuita Jaime Peñaranda. Al frente se llevaba un cartel que jamás se borrará de mi memoria:

“Yo como, tú comes, él no come, nosotros comemos, vosotros coméis, ellos SE MUEREN DE HAMBRE.”

Hoy, en Nacala, esa frase vuelve a golpearme como un martillo. Aquí, donde los niños desnutridos sonríen después de un plato de papilla, donde las madres abrazan con alivio un puñado de arroz o un poco de harina —la “sima”— para alimentar a su familia, el hambre deja de ser palabra y se convierte en carne, en hueso, en mirada.

Tener hambre no es solo desear comida. Es un proceso cruel que empieza con un vacío en el estómago, que pronto se transforma en mareo, en debilidad. El cuerpo consume sus reservas, las fuerzas se evaporan, la mente se nubla. Las piernas pesan como plomo, los músculos duelen, los ojos se apagan. El hambre no te deja dormir, pero tampoco vivir. Es lenta, silenciosa, humillante. Es la mayor arma de destrucción masiva del planeta.

Aquí, en Nacala, intentamos combatirla con lo poco que tenemos: una papilla, un plato compartido, una atención diaria. Y aunque a veces escriba sobre la belleza de una mirada infantil, hoy debo contradecirme, porque detrás de esas miradas hay un dolor que no se nombra.

Y llega entonces la gran ironía del mundo rico: contenedores enteros cargados de antirretrovirales para combatir el sida, el miedo que llegue a Europa. Medicamentos de última generación, caros, eficaces, etiquetados con logos de agencias internacionales. Sí, los fármacos llegan… pero la comida no. El tratamiento funciona, sí, pero tiene un efecto secundario devastador: abre un hambre voraz. Y aquí no hay pan, no hay sima, no hay nada que llevarse a la boca. Qué ingeniosa paradoja: curar al cuerpo para condenarlo a morir de estómago vacío. “Enhorabuena, ya no mueres de sida, ahora puedes morir de hambre.”

Y en España todavía tenemos algún partido político —de cuyo nombre no quiero acordarme— que niega que estas personas puedan siquiera buscar un suspiro de vida, como si migrar huyendo del hambre fuera un delito y no un grito desesperado por sobrevivir.

Y mientras tanto, los políticos del mundo se reúnen en cumbres solemnes, bajo el emblema de unas Naciones Unidas que proclaman derechos universales mientras sus silencios alimentan cementerios. Hablan de “objetivos de desarrollo sostenible”, firman papeles, pronuncian discursos impecables… pero aquí, hoy, ahora, un niño muere porque no hay un plato de sima. La política internacional escribe comunicados; el hambre escribe epitafios.

Recuerdo algunas reflexiones que hemos compartido tantos voluntarios y voluntarias, la última escena de «La lista de Schindler»: el protagonista rompe a llorar al quitarse un anillo, atormentado por no haber salvado una vida más. Aquí, cada día, esa escena se repite en silencio dentro de nosotros. Porque siempre falta un plato, siempre falta un saco de sima, siempre falta un niño que sí podríamos haber salvado

 

Valentín Bastante, voluntario de Cáritas, tras su viaje por Mozambique

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